Donald Trump, Clint Eastwood y el cine de autor

Franz von Bergen

Justo en la semana en la que Donald Trump ganó las elecciones de Estados Unidos, distintas calles de Madrid mostraban publicidad de Sully, las más reciente película de Clint Eastwood. En ella se narra la historia de Chesley Sullenberger, el piloto que en 2009 aterrizó de manera segura un avión comercial en el río Hudson y salvó a sus 155 ocupantes.

Desde hace unos años, Eastwood ha desarrollado el gusto por dirigir películas de estadounidenses blancos promedio que se ven envueltos en acciones extraordinarias ante las cuales reaccionan como héroes contemporáneos. Es el caso de Sully, así como de American Sniper (la biopic del francotirador Chris Kyle), J. Edgar (la historia del director del FBI), Gran Torino, Flags of our fathers y otras más. La tendencia ya podría ser calificada como cine de autor, dada su repetición y diversas características propias del director.

Eastwood parece responder así a una necesidad que siente una parte de la sociedad estadounidense: el deseo de autoafirmación ante un mundo cambiante y en el que el trabajador blanco con bajo nivel educativo (el llamado white working male) parece estar perdiendo su posición privilegiada de antaño debido a los coletazos de la crisis económica de 2008 y una creciente diversificación de la demografía del país por el fortalecimiento de los grupos minoritarios.

La mayor prueba de este cambio ocurrió en 2008, cuando Barack Obama se convirtió en el primer hombre no blanco en ganar la presidencia de Estados Unidos. Lo que para algunos fue un hecho histórico, para otros, de manera consciente o no, se convirtió en la mayor llamada de atención de los cambios por venir. El miedo a transformaciones inminentes, lógicamente, activa más el conservadurismo de ciertos grupos, que sienten amenazadas sus posiciones de poder.

Y este es el punto en el que entra Donald Trump. Así como las películas de Eastwood reafirman la grandeza de la capacidad del hombre blanco, el nuevo presidente republicano se apoya en los mismos sentimientos para convertirse en su guardián. Este papel lo buscó claramente desde 2008, cuando emprendió una campaña radical en la que aseguraba que Obama no había nacido en Estados Unidos. Para entonces generó burlas, pero sus mensajes presentados de distinta forma pero siempre con el white working male como objetivo rindieron fruto ocho años después.

La campaña de Hillary Clinton encuadró su estrategia de campaña en el Estados Unidos del futuro: una sociedad sin una mayoría demográfica clara en la que los blancos serán la mayor minoría y estarán seguidos por un grupo de hispanos en ascenso. La estrategia era similar a la de Obama, que logró llegar a la Casa Blanca con una coalición de minorías y mujeres.

Este enfoque dejó de lado a la base tradicional demócrata de trabajadores blancos de estados como Pensilvania, Michigan, Wisconsin y Ohio, los cuales terminaron dando la victoria a Trump, quien enfocó sus mensajes en ellos: el Estados Unidos que se pensaba que ya no existía luego de 2008, pero que sigue electoralmente presente.

El magnate elaboró historias muy simples para abordar problemas complejos: el desempleo es consecuencia de los tratados de libre comercio que envían los puestos de trabajo a otros países o los inmigrantes restan oportunidades y aumentan el crimen. La veracidad de estas afirmaciones fueron ampliamente contrastadas por medios y dirigentes políticos, pero el nuevo presidente fue capaz de crear los marcos discursivos que les dieron verosimilitud. Y eso le fue suficiente.

Todos los estimados de población esperan que la demografía de Estados Unidos continúe haciéndose más variada en los próximos años, lo que mostraría que en la teoría la estrategia de Clinton no era errada. Sin embargo, los sentimientos en los que se basan y despiertan las películas de Eastwood y los discursos de Trump llevaron a que el apoyo de los White working male hacia al republicano fuera imposible de voltear con el voto de las mujeres y minorías, grupos que además no apoyaron a la demócrata con la misma fuerza que a Obama en 2008.

La victoria de Trump tiene además muchos otros ingredientes, tanto propios como de su rival, que se conjugaron para producir los resultados del 8 de noviembre. Ahora el republicano deberá gobernar y, dependiendo de sus logros, podría llegar a ser el protagonista de alguna película de Clint Eastwood.

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