Venezuela: un caso de estudio y sus lecciones

Nehomar Adolfo Hernández

Lo hizo la revista TIME, lo hizo la BBC, lo hizo The New York Times: en los últimos 15 días han puesto el foco en Venezuela. Estos, junto a otros medios internacionales, se preguntan cómo es posible que una nación que en teoría es “rica” porque ingresa diariamente millones y millones de dólares por concepto de explotación y exportación petrolera, ha llegado a una situación donde hay poco que envidiarle a otros países del mundo que, por ejemplo, se encuentran en medio de guerras civiles y  exhiben niveles de precariedad alarmantes en todos los órdenes.

Los abordajes varían: hay medios que relatan con estupor el hecho de que en una población del Zulia la gente esté comiendo solamente arroz y esto, cuando mucho, dos veces por día; otros se inclinan a narrar con cierto terror cómo Maduro y la nomenklatura gobernante hacen uso y abuso de todos los poderes del Estado para cerrar cualquier vía pacífica que implique su salida del poder; otros no salen de su asombro y ponen el acento en la destrucción económica que ha operado en el país en esta agonía de ya 17 años.

El centimetraje y los minutos que dedican estos periódicos y canales de televisión internacionales a Venezuela ni es nuevo, ni es fortuito ni obedece a un plan internacional de desestabilización: estamos muy mal. No se trata de la observación meticulosa y pormenorizada que pueden hacer los politólogos, sociólogos, economistas y periodistas sobre lo que acá ocurre; hablamos de una situación en la que es común ver a un familiar, amigo o conocido con un aspecto lamentable, con muchos kilos de menos, esto como consecuencia directa de la tan mentada “dieta de Maduro”. Y las preguntas subyacentes son: ¿Cómo llegamos a este estado de cosas? y ¿Cómo podremos superarlo?.

Sobre lo primero podrían hacerse múltiples valoraciones, que van desde las que aluden al agotamiento de la forma poco responsable que líderes y partidos tenían para conducir el juego político y la economía del país desde hace al menos un par de décadas atrás (y esto entraña, a su vez, un conjunto no menos numeroso de explicaciones), hasta las vinculadas con la manera como ese momento de ruptura es capitalizado por un liderazgo mesiánico-militarista-demagogo-único que, apalancado en un discurso que aprovechaba todas las taras de la sociedad venezolana, logró llegar al poder por mecanismos democráticos para precisamente liquidar de modo progresivo el régimen democrático −con muchas imperfecciones, pero democrático al fin− que imperaba en Venezuela.

Sobre el segundo asunto estimo que lo procedente es, una vez que se entiende lo anterior, asumir de lleno y sin ambages que en Venezuela debemos pasar a configurar una nueva relación Estado-ciudadanos. Y hablar de ciudadanos y no de “pueblo” implica ya un cambio importante: no debe ser visto el conjunto de la sociedad venezolana como una masa desvalida e informe a la que se apela de tanto en tanto como si de una mera clientela electoral se tratase, sino más bien como un conjunto de seres vivos con capacidades −distintas, por supuesto− que tienen deberes y derechos. Esa reconfiguración pasa inexorable por hacer que en Venezuela se cambie el patrón que ha operado en las últimas décadas, mediante el que la sociedad vive –o busca vivir− del Estado, hacia el modelo que opera en la mayoría de los países medianamente prósperos del mundo: aquel en el que el Estado se financia mediante los impuestos de los ciudadanos para cumplir con las funciones muy específicas para las que está destinado a servir. Hablamos pues de invertir el modo de convivencia que se establece entre un ámbito y otro, cosa que no es nada  fácil.

No soy de los que comparte la opinión de que el petróleo −que alguna vez el propio Juan Pablo Pérez Alfonzo llegó a calificar de “excremento del diablo”− es una maldición que nos condenará a vivir un infierno per saecula saeculorum. Otros países del mundo también explotan este recurso y han logrado entender que éste puede complementar la libre actividad económica basada en el trabajo, consiguiendo así desarrollar a plenitud las fuerzas productivas de las naciones. La racionalidad y el criterio de austeridad en la administración de los recursos provenientes del ingreso petrolero también ha sido posible en otras latitudes del planeta; basta ver la magnitud de los Fondos de Inversión que han desarrollado con miras al futuro países petroleros como Noruega. Ningún determinismo geográfico, histórico, racial o cultural debe ser tan mayúsculo como para hacer que en Venezuela no podamos replicar una experiencia tan inteligente como aquella. Es hora de producir grandes cambios.

Para que todo esto se produzca es ineludible contar con un liderazgo político que sea capaz de internalizar que el porvenir demanda cambios que pueden sonar drásticos e incompatibles con una cultura peticionista que supuestamente se ha apoderado del subconsciente de la venezolanidad. Se requiere de líderes que rehagan el discurso político, que pongan el acento en el valor que cada ciudadano tiene por sus capacidades y que además nos motiven a asumir retos que hasta ahora no hemos sido capaces de asumir. Es impostergable una nueva forma de hacer política; ahora sí, en serio, y no por ser un asunto de nuevos partidos, caras o formas de hacer campaña, sino más bien de cosmovisiones y modos de hacer distintos. ¡Manos a la obra!

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